Día 2: Anunciación a María
El ángel Gabriel anuncia a María que concebirá a Jesús y ella da su humilde sí
Señor Dios, Rey omnipotente: en tus manos están puestas todas las cosas. Si quieres salvar a tu pueblo, nadie puede resistir a tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene; tú eres el dueño de todas las cosas. ¿Quién podrá, pues, resistir a tu majestad? Señor, Dios de nuestros padres: ten misericordia de tu pueblo, porque los enemigos del alma quieren perdernos y las dificultades que se nos presentan son muy grandes. Tú has dicho: "Pedid y se os dará. El que pide recibe. Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá. Pero pedid con fe." Escucha, pues, nuestras oraciones. Perdona nuestras culpas. Aleja de nosotros los castigos que merecemos y haz que nuestro llanto se convierta en alegría, para que, viviendo, alabemos tu santo nombre y continuemos alabándolo eternamente en el cielo. Amén.
26A los seis meses, Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, 27donde vivía una joven llamada María; era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. 28El ángel entró en el lugar donde ella estaba y le dijo:
—¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo.
29María se sorprendió de estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. 30El ángel le dijo:
—María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. 31Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. 32Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, 33para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin.
34María preguntó al ángel:
—¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?
35El ángel le contestó:
—El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. 36También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos, está encinta desde hace seis meses. 37Para Dios no hay nada imposible.
38Entonces María dijo:
—Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho.
Con esto, el ángel se fue.
Al iniciar esta novena meditando en la Natividad de Jesús, la Anunciación nos invita a contemplar el profundo misterio de la encarnación de Dios. Aquí, en la sencilla casa de María, el cielo toca la tierra. El mensaje del ángel no anuncia solo un nacimiento, sino el amanecer de la salvación: el Verbo hecho carne, que habitará entre nosotros. El temor inicial de María refleja nuestras propias dudas cuando Dios nos llama a algo que excede nuestra comprensión. Pero su "sí" se convierte en la puerta de entrada del Salvador al mundo. En la Natividad, vemos cumplida esta promesa: el humilde establo de Belén hace eco de la humildad de Nazaret, donde la divinidad abraza la humanidad en el seno de una sierva dispuesta. Así como el embarazo milagroso de Isabel asegura a María que "ninguna palabra de Dios quedará sin cumplirse", el nacimiento de Jesús nos asegura la fidelidad de Dios. En medio del ajetreo de nuestras vidas, esta escena nos desafía a imitar la apertura de María. ¿Qué "anunciaciones" nos susurra Dios hoy? ¿Estamos listos para decir "sí" a su voluntad, permitiendo que Cristo nazca de nuevo en nuestros corazones?
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Niño amable de mi vida
consuelo de los cristianos
la gracia que necesito
pongo en tus divinas manos
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Tú que sabes mis pesares
pues todos te los confío
da la paz a los turbados
y alivio al corazón mío
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Y aunque tu amor no merezco
no recurriré a ti en vano
pues eres Hijo de Dios
y consuelo del cristiano
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Acuérdate o Niño Santo
que jamás se oyó decir
que alguno te haya implorado
sin tu auxilio recibir
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Por eso con fe y confianza
humildes y arrepentidos
llenos de amor y confianza
tu protección te pedimos
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén.
