Día 4: La Visitación
María se apresura a visitar a Isabel, cuyo hijo salta de alegría en su vientre y María proclama el Magnificat
Señor Dios, Rey omnipotente: en tus manos están puestas todas las cosas. Si quieres salvar a tu pueblo, nadie puede resistir a tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene; tú eres el dueño de todas las cosas. ¿Quién podrá, pues, resistir a tu majestad? Señor, Dios de nuestros padres: ten misericordia de tu pueblo, porque los enemigos del alma quieren perdernos y las dificultades que se nos presentan son muy grandes. Tú has dicho: "Pedid y se os dará. El que pide recibe. Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá. Pero pedid con fe." Escucha, pues, nuestras oraciones. Perdona nuestras culpas. Aleja de nosotros los castigos que merecemos y haz que nuestro llanto se convierta en alegría, para que, viviendo, alabemos tu santo nombre y continuemos alabándolo eternamente en el cielo. Amén.
39Por aquellos días, María se fue de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea, 40y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se le estremeció en el vientre y ella quedó llena del Espíritu Santo. 42Entonces, con voz muy fuerte, dijo:
—¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres y ha bendecido a tu hijo! 43¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? 44Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. 45¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!
46María dijo:
"Mi alma alaba la grandeza del Señor;
47mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador.
48Porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava,
y desde ahora siempre me llamarán dichosa;
49porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas.
¡Santo es su nombre!
50Dios tiene siempre misericordia
de quienes lo reverencian.
51Actuó con todo su poder:
deshizo los planes de los orgullosos,
52derribó a los reyes de sus tronos
y puso en alto a los humildes.
53Llenó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
54Ayudó al pueblo de Israel, su siervo,
y no se olvidó de tratarlo con misericordia.
55Así lo había prometido a nuestros antepasados,
a Abraham y a sus futuros descendientes."
56María se quedó con Isabel unos tres meses y después regresó a su casa.
Este pasaje nos invita a reflexionar sobre el poder del encuentro en nuestras vidas espirituales. La respuesta inmediata de María al mensaje del ángel la lleva a servir a Isabel en su necesidad, recordándonos que la verdadera fe nos impulsa hacia afuera en amor. Así como el sonido del saludo de María trae alegría y la efusión del Espíritu Santo, nuestros propios actos de bondad y visitación, ya sea a los solitarios, los enfermos o los marginados, pueden convertirse en canales de la gracia de Dios. En un mundo a menudo marcado por el aislamiento, la Visitación nos llama a imitar la prisa de María: a "apresurarnos" hacia los demás, llevando a Cristo en nuestras palabras y en nuestros corazones.
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Niño amable de mi vida
consuelo de los cristianos
la gracia que necesito
pongo en tus divinas manos
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Tú que sabes mis pesares
pues todos te los confío
da la paz a los turbados
y alivio al corazón mío
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Y aunque tu amor no merezco
no recurriré a ti en vano
pues eres Hijo de Dios
y consuelo del cristiano
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Acuérdate o Niño Santo
que jamás se oyó decir
que alguno te haya implorado
sin tu auxilio recibir
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Por eso con fe y confianza
humildes y arrepentidos
llenos de amor y confianza
tu protección te pedimos
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén.
