Día 6: La Presentación de Jesús en el Templo
María y José presentan al niño Jesús en el Templo, donde Simeón lo reconoce como el Mesías
Señor Dios, Rey omnipotente: en tus manos están puestas todas las cosas. Si quieres salvar a tu pueblo, nadie puede resistir a tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene; tú eres el dueño de todas las cosas. ¿Quién podrá, pues, resistir a tu majestad? Señor, Dios de nuestros padres: ten misericordia de tu pueblo, porque los enemigos del alma quieren perdernos y las dificultades que se nos presentan son muy grandes. Tú has dicho: "Pedid y se os dará. El que pide recibe. Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá. Pero pedid con fe." Escucha, pues, nuestras oraciones. Perdona nuestras culpas. Aleja de nosotros los castigos que merecemos y haz que nuestro llanto se convierta en alegría, para que, viviendo, alabemos tu santo nombre y continuemos alabándolo eternamente en el cielo. Amén.
22Cuando se cumplieron los días en que ellos debían purificarse según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentárselo al Señor. 23Lo hicieron así porque en la ley del Señor está escrito: "Todo primer hijo varón será consagrado al Señor." 24Fueron, pues, a ofrecer en sacrificio lo que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma.
25En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Era un hombre justo y piadoso, que esperaba la restauración de Israel. El Espíritu Santo estaba con Simeón, 26y le había hecho saber que no moriría sin ver antes al Mesías, a quien el Señor enviaría. 27Guiado por el Espíritu Santo, Simeón fue al templo; y cuando los padres del niño Jesús lo llevaron también a él, para cumplir con lo que la ley ordenaba, 28Simeón lo tomó en brazos y alabó a Dios, diciendo:
29"Ahora, Señor, tu promesa está cumplida:
puedes dejar que tu siervo muera en paz.
30Porque ya he visto la salvación
31que has comenzado a realizar
a la vista de todos los pueblos,
32la luz que alumbrará a las naciones
y que será la gloria de tu pueblo Israel."
33El padre y la madre de Jesús se quedaron admirados al oír lo que Simeón decía del niño. 34Entonces Simeón les dio su bendición y dijo a María, la madre de Jesús:
—Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Él será una señal que muchos rechazarán, 35a fin de que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto. Pero todo esto va a ser para ti como una espada que atraviese tu propia alma.
En la Presentación de Jesús en el Templo, María y José cumplen fielmente la Ley de Moisés, ofreciendo a su Hijo primogénito a Dios. En medio de los ritos sagrados, el anciano Simeón, guiado por el Espíritu Santo, reconoce al niño como el Mesías tan esperado, la luz para los gentiles y la gloria de Israel. Sus palabras proféticas traspasan el corazón de María, anunciando alegría mezclada con dolor. Este momento nos invita a reflexionar sobre nuestros propios encuentros con Cristo: ¿Con qué frecuencia, como Simeón y Ana, esperamos con expectación en la oración, permitiendo que el Espíritu revele su presencia en lo ordinario? Mientras recorremos esta novena, meditemos en la humildad de la Sagrada Familia, que entrega a Jesús al Padre al mismo tiempo que abraza su papel en la historia de la salvación. Que este misterio nos inspire a presentar de nuevo nuestras vidas a Dios, buscando la purificación y ofreciendo nuestras alegrías y sufrimientos en unión con el Corazón Inmaculado de María. A través de Simeón se nos recuerda que la verdadera paz proviene de contemplar a nuestro Salvador; oremos por tener ojos de fe para verlo en la Eucaristía, en los pobres y en nuestras pruebas diarias, acercándonos a la luz que disipa toda oscuridad.
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Niño amable de mi vida
consuelo de los cristianos
la gracia que necesito
pongo en tus divinas manos
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Tú que sabes mis pesares
pues todos te los confío
da la paz a los turbados
y alivio al corazón mío
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Y aunque tu amor no merezco
no recurriré a ti en vano
pues eres Hijo de Dios
y consuelo del cristiano
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Acuérdate o Niño Santo
que jamás se oyó decir
que alguno te haya implorado
sin tu auxilio recibir
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Por eso con fe y confianza
humildes y arrepentidos
llenos de amor y confianza
tu protección te pedimos
Oh Divino Niño
mi Dios y Señor
tú serás el dueño
de mi corazón
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén.
